

El hormigón es uno de los materiales de construcción más extensamente empleado en la edificación, ofreciendo una gran versatilidad en su uso. Su capacidad para adoptar la forma del molde que lo contiene, su resistencia mecánica, su estabilidad ante el fuego o el aislamiento acústico que proporciona son algunas de sus características más apreciadas tradicionalmente, a las que se viene a sumar otra faceta no menos importante en los últimos años: su inercia térmica, que cada vez es más valorada en términos de eficiencia energética y, en definitiva, en términos de sostenibilidad.
Así, es preciso tener en cuenta que el uso de hormigón en las edificaciones permite que en éstas exista una mayor estabilidad térmica, ya que suaviza las variaciones de la temperatura interna. Asimismo, reduce el consumo energético de calefacción entre un 2 y un 5% y, cuando se combina con climatización, puede reducir la energía utilizada hasta un 50%. Además, este ahorro en el consumo energético permite disminuir las emisiones de CO2 relacionadas con el mismo.